Las rebeliones populares y la construcción del futuro
Pablo Dávalos
Es necesario articular una mirada crítica y una
comprensión global de los efectos de la rebelión de octubre de Ecuador y
situarla en el contexto histórico de las transformaciones del
capitalismo a nivel global. La rebelión ecuatoriana del mes de octubre, y
las movilizaciones de Chile, Haití y otros países, también en ese mismo
mes, dan cuenta que la forma por la cual se articula la hegemonía en el
capitalismo tardío tiene fallas estructurales.
El ejemplo de Chile es paradigmático, porque sobre
esa sociedad se había descargado la responsabilidad de asumir, legitimar
y respaldar el modelo neoliberal. Chile se había convertido en la
vitrina ideológica de todas las posibilidades del neoliberalismo. La
privatización no solo de la infraestructura sino también de las
políticas públicas, los sistemas de exclusión a través de mecanismos de
precios (en salud, educación, en el trabajo, entre otros), entre otros,
contaban con un discurso basado en cifras y en la aceptación silente de
una sociedad que, aparentemente, convergía de manera unánime hacia ese
discurso y esas prácticas.
Chile representaba la opción a ser presentada
cuando se proponía la privatización de los sistemas de seguridad social,
la flexibilización laboral, la privatización de los servicios básicos,
la estructura de todo el sistema de tarifas para servicios públicos
(que, de otra parte, son de los más caros del mundo), pero nunca se
decía que ese sistema económico se sostenía sobre un sistema político
que había sido diseñado por la dictadura de Pinochet y que no había
sufrido transformaciones importantes en estas últimas décadas. Chile
exhibía los indicadores más bajos de pobreza en el continente, y las
cifras de crecimiento económico más altas y más sostenidas de la región.
¿Qué más se podía pedir? Chile representaba el fulcrum ideológico del
modelo: crecimiento económico sostenido y reducción de la pobreza.
Empero, todo eso se quebró y, coincidentemente, justo luego de la
rebelión de octubre en Ecuador, cuando, de forma espontánea e
impredecible, la sociedad chilena se volcó a las calles a reclamar por
algo que es un clamor no solo en Chile sino en todo el capitalismo
global: la equidad.
Las marchas de Chile, así como las elecciones que
se dieron a fines de octubre en Argentina, y la rebelión de Ecuador, y
de Haití, entre otras, están atravesadas, en efecto, por el discurso de
la equidad como fundamento que les otorga legitimidad, coherencia y
proyección global.
Aquello que se reclama es una justa y equitativa
distribución del ingreso. Un debate, además, que también se dio en EEUU a
propósito del movimiento 99/1, en donde el 1% de la población mundial
acapara la riqueza del 99% restante, y que tiene que ver, en ese país,
con la gestión de la crisis de las hipotecas subprime y la forma por la
cual la reserva federal americana utilizó la política monetaria para
salvar a los grandes bancos y perjudicar a los contribuyentes.
Si se hace un recorrido por los premios en economía
que otorga el Banco de Suecia y que son mal llamados Premios Nobel de
Economía, puede verse que los últimos de ellos hacen referencia a
reflexiones y teorizaciones sobre la pobreza, la desigualdad y la
distribución del ingreso. El libro de Thomas Piketty: El Capital en el siglo XXI,se
convirtió en best seller porque da un tratamiento teórico apoyado en
datos y matemáticas, justamente al problema de la desigualdad. Se trata,
por tanto, de un debate que está ahí, que no puede ser eludido, ni
escamoteado ni soslayado.
Es interesante constatar que la quiebra del
discurso hegemónico neoliberal, se produce en América Latina cuando la
oleada de gobiernos progresistas remite y da paso a la conformación de
gobiernos de derecha y alineados con la agenda norteamericana y con el
FMI. Se había pensado que el retorno de los gobiernos de derecha
implicaba el regreso y consolidación del discurso neoliberal. Por lo
visto, se trató de un espejismo. Los gobiernos de derecha tuvieron
oportunidades históricas por los errores de los gobiernos progresistas,
no por los méritos del discurso neoliberal.
En ese sentido, el caso de Argentina es otro
ejemplo paradigmático. Macri se convierte en el primer presidente de
Argentina que no logra la reelección. Su apego al FMI y su negociación
por más de 50 mil millones de USD con esta institución, implicó un duro
programa de ajuste en circunstancias en las que la macroeconomía de ese
país no estaba apta para soportarlo. El tipo de cambio se incrementó de 9
pesos por dólar a más de 60 pesos por dólar en apenas tres años. La
pobreza se duplicó y la sociedad se fracturó. Por ello, la forma por la
cual la sociedad argentina rechazó el ajuste fue a través del sistema
político y posibilitó el retorno del peronismo, cuyo sustento de campaña
fue, precisamente, el discurso de la equidad.
Sin embargo, puede notarse que la derecha aún no
tiene una línea discursiva que al menos le permita comprender la
historia que sucede en su alrededor. De una manera u otra, ha recurrido
al expediente de la teoría de la conspiración para explicar fenómenos
históricos y sociales que tienen sus propias explicaciones y referencias
en la estructura económica y social. La derecha, es indudable, ha sido
rebasada por el momento histórico. Su incapacidad de lectura de su
propia realidad da cuenta que, por ahora, es el obstáculo más serio para
los cambios que las sociedades necesitan.
Se puede afirmar, habida cuenta que se trata de un fenómeno global en el cual también hay que inscribir a los gilet jaunes de
Francia, y a otros movimientos sociales del mundo, que la resistencia
que este momento expresan las sociedades a la forma por la cual se
consolida una injusta distribución del ingreso en circunstancias en las
que las sociedades y el propio capitalismo están transitando de la
escasez hacia la abundancia, y cuya principal característica está en la
preeminencia de la economía de la sociedad de la información como
sustento de esta transformación, es global y es histórica, y que anuncia
cambios profundos en la estructura misma del capitalismo.
Es decir, las elites del capitalismo global,
recurren a un discurso del siglo XX, en la ocurrencia el neoliberalismo,
para consolidar la hegemonía sobre las sociedades del siglo XXI. Por
ello utilizan todos los mecanismos que le permitieron esa hegemonía en
el siglo XX, como el control a los grandes medios de comunicación, lo
que les daba la posibilidad y la capacidad de manejar los discursos
desde los cuales se genera la comprensión y la interpretación de la
realidad, así como el financiamiento a los think tank que elaboraban, de
su parte, las ideas, las propuestas, las cifras, los discursos y los
marcos epistemológicos desde los cuales operan esos discursos. Pero es
muy difícil controlar el futuro con las herramientas del pasado.
Al parecer, esa forma de construcción de la
hegemonía está llegando a su fin. Las sociedades del siglo XXI tienen a
su disposición mecanismos de información, y de comunicación generados
precisamente por la economía de la sociedad de la información, como las
plataformas de redes sociales, que les permiten ser actores y testigos
de lo que sucede en su propia realidad y en la del mundo, sin pasar por
las aduanas de los grandes medios de comunicación. Son sociedades en las
que los ciudadanos se reconocen también como ciudadanos globales.
Hay que recordar que hace algún tiempo, cuando
emergía la sociedad de la información, los dispositivos de comunicación
permitieron la primavera árabe que acabó con varios gobiernos
despóticos.
Lo que la rebelión de octubre de Ecuador, la
movilización social de Chile, las elecciones de Argentina, la
insurrección social en Haití, entre otros procesos sociales, demuestran
es que los discursos que aseguraban y sostenían la hegemonía del
capitalismo están, epistemológica, teórica, e ideológicamente, agotados.
No se puede sostener la hegemonía del sistema con el discurso del
crecimiento económico cuando hay que abordar y resolver los problemas
del calentamiento global y las desigualdades estructurales. Tampoco se
le puede exigir a las sociedades que sean más competitivas, cuando se la
empobrece de forma concomitante a la cual se multiplica la riqueza.
Tampoco se les puede decir que acepten toda imposición, incluso si va
contra sus derechos fundamentales, para complacer a la inversión
extranjera directa cuando sus condiciones de vida se deterioran.
Es también por ello que la institución que codifica
ese discurso se demuestra caduca y decadente con respecto a su momento
histórico: se trata del FMI. En todas partes del mundo, el FMI es el
centro de la inquina social. Las recomendaciones del FMI no son bien
vistas en ninguna parte. Desde la crítica que hizo Joseph Stiglitz a
inicios del siglo XXI, el FMI no ha cambiado un milímetro y se ha
aferrado a sus propios marcos interpretativos con la pasión de los
fundamentalistas. La legitimidad social de esta institución se reduce a
una velocidad creciente. Es muy probable que desaparezca en los próximos
años. Tal como está diseñada, es un obstáculo este momento para las
propias necesidades del capitalismo de sostener su capacidad hegemónica.
Pero no solo eso, es también el discurso que secreta el que tiene los
días contados: el discurso del neoliberalismo.
Las transformaciones del capitalismo en el siglo
XXI son cualitativas. La economía de la sociedad de la información
multiplica de forma exponencial la capacidad de crear nueva riqueza y
permite superar las condiciones de escasez para transitar a sociedades
de la abundancia. Pero el discurso del neoliberalismo es un discurso de
la escasez. Sus marcos epistémicos no pueden siquiera encuadrar y
entender lo que significa la abundancia. Se aferra al discurso de la
austeridad como una forma desesperada de luchar contra el futuro y
restaurar el pasado.
De hecho, toda la estructura simbólica e ideológica
de la hegemonía del capitalismo del siglo XX se sustenta sobre la
escasez. Pero ya no se puede hablar de escasez en un contexto de
economía de la sociedad de la información, porque el recurso que
sostiene los nuevos procesos de acumulación ya no es escaso, como fue el
caso del capital y el trabajo, sino un recurso infinito: la
información, y cuya referencia más importante es aquella de la
inteligencia artificial.
Si la economía de la sociedad de la información
converge hacia la inteligencia artificial, y todo parece apuntar en ese
sentido, las condiciones históricas que definían el valor del universo
de bienes y servicios que se crean y producen en el capitalismo, cambian
de coordenadas históricas y epistemológicas. El valor ya no puede
referirse a la producción, porque su importancia, en la economía de la
sociedad de la información, es marginal. Es por ello que emergen nuevos
discursos y nuevas prácticas: la renta básica universal, las monedas
digitales y las monedas locales, la reducción de la jornada laboral, la
seguridad social universal, la transformación de la matriz energética de
la producción y la circulación, hacia energías limpias, la economía de
las redes sociales, etc.
Y las sociedades, de una u otra manera, comprenden y
sienten esas transformaciones, porque es ahí en donde se gestan. Por
ello, las movilizaciones sociales en todas partes del mundo, son la
constatación que el capitalismo del siglo XX está llegando a su fin y
que otra sociedad, otros referentes, otros discursos están emergiendo en
esta coyuntura. Esas movilizaciones sociales están construyendo otro
mundo posible. Le están poniendo fin al capitalismo del siglo XX y
construyendo las sociedades del siglo XXI, y ninguna violencia que se
ejerza contra ellas puede evitarlas.
La cuestión que será fundamental a futuro, es saber
si el capitalismo sea el modelo histórico que permita sostener a la
economía de la sociedad de la información y de los ciudadanos globales.
Si el capitalismo se revela como una camisa de fuerza para la economía
de la sociedad de la información y la ciudadanía global, quizá estemos
presenciando el acontecimiento histórico más importante desde el siglo
XVIII: el primer cambio civilizatorio que implica la transformación de
un sistema que se quería inmutable y perenne, el sistema capitalista,
hacia una nueva sociedad de la cual intuimos sus contornos pero a la que
aún no hemos dado nombre todavía.
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